Atado a la columna. Olav Alexander.

26 05 2008

Ciberdegradación

Acabo de pasar la varicela, que tiene nombre de mujer de culebrón venezolano pero que es una enfermedad propia de la puericia. Sin embargo, me ha sobrevenido cuando mi DNI marca mi condición de veinteañero. Hace unos días acudí a la consulta de un galeno amigo para que viera la evolución. Pese a la amistad que nos une tuve que aguardar en una sala fría y distante. Agarré el papel cuché de una revista del corazón en cuya portada martilleaban a Andrés Pajares. La hojeé con mirada displicente y me detuve en una noticia, mal redactada y repleta de tintes vivarachos que no hicieron sino molestar mi vista y acedar mi carácter. Pero la leí. Y confirmé una sospecha: los jóvenes del siglo veintiuno pasan una media de cinco horas diarias frente al ordenador. Pero el dislate iba más allá. Porque una buena parte de esas horas están dedicadas a uso exclusivo de un fenómeno que ha venido a denominarse cibersexo. Como lo oyen, estimados lectores. Su niña de catorce abriles puede estar en estos instantes manteniendo una charla subidita de tono con un desconocido ¿mayor de edad?

Chatear ya no es beber chatos de vino en la tasca de la esquina; según parece, ahora es mantener una conversación y/o cibercoito a través de la pantalla de una computadora con un ciberconocido o bien con un ciberdesconocido, porque ya puestos manos a la obra y enfundado el traje de faena ¿qué más le darán a mis coetáneos de Chamberí, de la Conchinchina o de Nuevo México el nombre, la cara y los ojos del interlocutor? ¿Qué y quién está fallando en la evolución del ser humano para llegar a este punto de degradación? Explíquenmelo señores sociólogos. Ahórrese su verborrea de mandamás inculto y severo, Tío Sam (Tío Bush).

Si Cupido levantara la cabeza…Si Cupido levantara la cabeza comprobaría que los jóvenes (y adultos) de, por ejemplo este país, se han convertido en prehistóricos. Así es, el ser humano ha protagonizado en estos lustros de desarrollismo económico y tecnológico una imparable vuelta a sus orígenes. En apenas dos minutos de conexión a un portal gratuito de mensajería instantánea se verifica tan cruda realidad. Incluso los usuarios han inventado una manera de comunicarse, un nuevo lenguaje tan ininteligible como pordiosero. Si el hombre primitivo enviaba señales de humo para avisar de su colocación, el primitivo del siglo veintiuno se queda tan pancho si ruge un “ola wapo”. Y si el intercambio de berridos entre ambos ciberdesgraciados sale adelante todo puede desembocar en una explosión de júbilo fingido, siempre que exista “buen rollo”, condición “guay” y según parece, indispensable.

¿Volverá el hombre a caminar a cuatro patas? Nunca la miseria cultural ha estado tan desnuda como lo está ahora. Precisamente así, con las partes pudendas sin taparrabos y al descubierto, está el sistema, que es pusilánime, cancerígeno y consentido por todas las potencias mundiales. Qué más da. Todo vale en el ruedo del negociado. Cuanto más parné, mejor. A costa de lo que sea. ¿Qué es eso de la moralidad? Cuento chino de Juegos Olímpicos.  Por eso abogo firmemente por instaurar la censura. La censura bien avenida. Porque censurable es la falta de educación, la denigración, el insulto, la estupidez, la chabacanería, el atropello a la razón, el maltrato a los indefensos, el abandono de los libros, el castellano con faltas de ortografía, la falta de oxígeno. Si en mis sueños llegara tal situación, me apuntaría a censor número uno del reino. E instaurado en mi nueva esfera de poder, que a buen seguro no me corrompería, buscaría un hueco en mi ajetreada agenda para mandar a freir espárragos de la huerta de Huétor Tájar al tal Bill Gates, patrón de la cosa tecnológica. Por mucho que se empeñe este multimillonario fulano, la eñe es la decimoquinta letra del abecedario español y duodécima de sus consonantes, y por eso y por otras razones de peso debe respetarse en los teclados. Bill Gates está en la obligación de dar ejemplo, de no hacer el ridículo con ideas anormales y de luchar de manera honesta por los abusos que se cometen en la red. Por cierto, Bill, la parte externa del aparato genital de su parienta se escribe con eñe.


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